De Miedos y Libertades

De Miedos y Libertades

Hay un hilo conductor entre eventos aparentemente independientes. A veces a borbotones, en ocasiones como fragmentos cuyo devenir conjeturamos. Así aparecen ante nuestros ojos diversos hechos: la actual pandemia, la prisa por lograr una red 5G en el mundo occidental, la reciente Primera Conferencia Iberoamericana de Ciberseguridad, y los avances de Wibson, la app argentina que te indica dónde, cómo y quién tiene tus datos.

Para enhebrar los eventos enumerados hay que seguir el rastro de una cualidad que, COVID-19 de por medio, se impuso en todo el mundo y nos desnudó como nunca. Se trata del miedo; ese sentimiento elemental, básico, íntimo y tan pero tan humano.

Miedo por afuera, miedo por adentro

El virus contra el que, por ahora, no podemos vacunarnos llenó de miedo el espíritu de millones de seres humanos alrededor del mundo. Con infinitas variantes según la latitud, la reacción más inmediata de los seres humanos fue encerrarse. Incluso más: en muchos casos se obligó al encierro a los niños aún cuando, frente al Coronavirus, ellos son quienes menos cuidado necesitan.

Con el aislamiento, la vida se volvió furiosamente digital. Y entonces empezó una picazón: el mercado ya está maduro para que las cosas tengan internet (IoT por su sigla en inglés) y se vuelvan más y más ‘inteligentes’. Pero para eso es necesario que tengamos redes de 5 gigas. Y resulta que Huawei ya la tiene, pero es china -y, qué casualidad, se la vendió a Rusia-.

Por eso, en Europa comenzaron a impulsar la creación de su propia red 5G. Así se armó el corredor 5G Mediterráneo, más un observatorio, más entidades científicas, etcétera. ¿Miedo a que la infraestructura de telecomunicaciones de origen chino espíe? Claro. Si no, a leer la reciente orden de Trump por la que prohíbe Tik Tok en EE. UU.

Mientras tanto, entre otros rubros, la banca sigue digitalizándose a paso firme, porque estamos encerrados (ahora cada vez menos, pero el virus amenaza con la segunda ola y la vacuna no aparece, aunque el teletrabajo llegó para quedarse, así que más tiempo en casa) y porque ya desde antes de la pandemia estaba claro que en ese ámbito hace falta ser más prácticos y menos burocráticos.

Bueno, pues allí hay un nudo que desatar: si vamos a hacer todo desde el celular, incluso operaciones bancarias, hay que poner a disposición de los usuarios condiciones de ciberseguridad confiables. Es decir: estamos hartos de tener que administrar montones de usuarios y contraseñas que, para colmo, muchas veces hay que renovar regularmente.
La cuestión de fondo es acreditar identidad frente a programas de computación insertos en dispositivos digitales. Todo eso, sin correr riesgos, claro. Porque el miedo acecha. Es que existe la posibilidad de que alguien se haga pasar por nosotros y nos estafe, por ejemplo.

En ese sentido, la biometría parece el camino óptimo. Léase, basta de claves alfanuméricas con caracteres especiales, preguntas de control, bloqueo de cuentas, papelitos en la heladera, cajeros automáticos con filas interminables, inseguros, etcétera; que las cosas y los algoritmos nos reconozcan por nuestros rasgos naturales que nos hacen únicos e inequívocamente identificables, ya sea que se trate del iris de un ojo o la huella del dedo pulgar.

¿Es un poco invasivo? Bueno, nadie está dispuesto a resignar la seguridad de su dinero o de la información relevante de sus negocios.
Algo de esto explicó Sebastián Stranieri, CEO de VU, el 31 de julio, en la Conferencia iberoamericana Ciberseguridad, elemento clave para la inclusión social y financiera en la que participaron expertos de Microsoft, Grupo BID, Telefónica y Falabella.

Aunque no es fácil poner esas tecnologías andar, son las empresas las que deben invertir en ciberseguridad, porque los ciberataques aumentaron 80% desde que la OMS declaró pandemia al COVID-19. ¿Quién no tendría miedo ante los ciberataques?

Seguro que tenemos miedo

Seguridad – inseguridad no es un binomio nuevo el Ser Humano. Lo que cambia es el soporte. Las personas y las empresas quieren seguridad porque… ¡Exacto! Tienen miedo. Un miedo razonable si se considera que intentamos proteger todo lo que nos importa: los afectos, y lo que conseguimos con esfuerzo.

Las prácticas son siempre las mismas, porque los seres humanos lo somos. A propósito: hace poco Garmin, la más reconocida empresa de geolocalizadores del mundo, fue víctima de un secuestro de datos digitales, o ransomware. Según informó Garmin, un programa informático ingresó a su base de datos, logró bloquear el acceso a esa información por parte de sus empleados, y pidió un rescate de 10 millones de dólares. Y los pagaron.

El problema es que la amplificación de algunos miedos convierte este viejo y conocido rasgo humano en paranoia. Digamos, hace que exageremos. Y puede que el marketing se esté ocupando un poco de empujar esa experiencia, al menos en algunos sectores. A ver.
Si la inseguridad que conocíamos por experimentarla en el mundo físico, ahora se traslada al mundo virtual, es lógico que recurramos a entidades y procedimientos que nos protejan y nos hagan la vida más simple y, al mismo, tiempo segura. Porque, dicho sea de paso,

hay una relación inversamente proporcional entre seguridad y practicidad: a mayor cantidad y complejidad de sistemas de seguridad, más engorrosa la vida.

Es como cuando empezamos a poner rejas en casa: primero fue la cerradura; luego dos cerraduras, y luego cerraduras con llave multipunto; bueno, alarma también. Después una reja, pero por si acaso los ladrones quisieran treparla, agregamos unos pinches en el dintel. Y después una cámara. Y así.

El miedo sí que es un combustible eternamente renovable. Pero en un momento nos impide vivir con la holgura mínima indispensable. Es como un corsé que ajusta cada vez más y nos va sacando el aire.
Y como en la sociedad cada fuerza genera su opuesto, hace unos años que comenzaron a alzarse voces en relación con una palabrita que indudablemente debemos tener presente hoy día: privacidad. Porque resulta que, con el objeto de simplificarnos la vida, las plataformas digitales y los programas de computación que configuran nuestro entorno en diversos dispositivos toman de nosotros muchísima información personal. Y eso también da miedo.

Un ejemplo bien práctico: desde que Google recuerda nuestra ingente cantidad de contraseñas, nos sacamos un enorme peso de encima. La genialidad de que cualquier dispositivo digital con el que operamos nos reconozca, y comprenda que no importa si desde el celular, la tableta o la PC, siempre somos nosotros, y pues, recuerde las claves de seguridad que colocamos para usar cada herramienta digital, nos cambió la vida.
Pero, claro, ahora Google tiene acceso a toda esa información. Más aún, una enorme cantidad de aplicaciones móviles que nos mejoran la vida en diversos sentidos solicitan, para ser utilizadas, acceder al micrófono del teléfono, a la cámara, a la geolocalización, a los contactos, a las fotos… nadie lee los términos y condiciones, todos hacemos clic y ¡Voilá! Hacen con nuestros datos literalmente lo que quieren.
Por ejemplo, los venden agregados con cientos de miles o millones, para el diseño de perfiles comerciales. Targeting, o perfilado digital humano, según el título del reciente libro de Juan G. Corvalán. De eso se trata, en buena medida, el éxito comercial de hoy. Pero las GAFAM también comparten información con gobiernos. Upa.

Así que, lógicamente, tenemos miedo de lo que haga Google. Peor, quizá, Facebook o Instagram -aunque también nos da miedo dar de baja nuestra cuenta en las redes, porque quién sabe qué nos perdamos o quién se ofenda- y con el objeto de poder saber qué empresa y para qué tiene nuestros datos, Rodrigo Irarrázaval creó Wibson.

Al principio, Wibson informaba acerca del uso de datos por parte de aplicaciones, pero combinaba eso con la opción de vender los datos. Es decir, la app notificaba acerca de una empresa que estaba dispuesta a comprar algunos datos nuestros, y nos daba la chance de vendérselos a cambio de Wibs, una criptomoneda creada para tal fin.

Ahora apuesta lisa y llanamente a crear valor a partir de ser el escudo de los usuarios frente a la intromisión de todas las entidades que acceden a información del usuario de dispositivos digitales con malas artes, aun cuando la materia no está regulada, por caso, en Argentina.

¡Seamos libres! Bue, si es muy complicado no

Crear un mercado seguro y eficiente de compraventa de datos no suena mal, y también en Europa lo hacen. La española My Data Mood lo ofrece desde el año pasado. Forma parte de una corriente que sostiene que la única forma de defenderse del uso masivo y descontrolado de datos es creando la posibilidad de ponerles precio y transaccionarlos en un mercado regulado.

Otros, en cambio, argumentan que hablar de privacidad en este siglo es, como mínimo, ingenuo. Los filósofos Dante Avaro y Lorena Jaume – Palasí creen (basados en diferentes razones) que no se puede librar ninguna batalla de la privacidad tal como está planteado el escenario.
El primero lo justifica en que la inteligencia artificial ya va muy por delante de nosotros, en ese terreno. Jaume – Palasí, por su parte, entiende que la legislación occidental se asienta sobre un pilar que ya no sirve: la noción de individuo. En ese sentido, según ella, no hay forma de regular acertadamente la extracción del petróleo de este siglo -los datos- si no se reformulan las leyes, considerando como sujetos a proteger a conjuntos de personas, o ‘colectivos’.

Da miedo ver documentales como Nada es privado, o Snowden. La manipulación a la que estamos expuestos gracias a las tecnologías disruptivas es clara y temeraria. Nunca terminamos de saber si hay que cuidarse más de los gobiernos o de las empresas. Incluso, muchas veces, desde la óptica de los ciudadanos de a pie, es más o menos lo mismo.
Para peor, algunos ya ni creen en los valores que parecieron poner a las sociedades de este lado del mundo en su mejor lugar. Buena parte de quienes defienden al populismo reinante por estas latitudes, hacen una mueca burlona cuando se les habla de democracia.

No obstante, se suponía que el avance de la ciencia y nuestro conocimiento en todos los campos nos haría mejores; y eso significaba, entre otras cosas, ser más libres. Pero a cada paso que damos, volvemos a mostrar torpeza. A nuevos avances, peores amenazas y renovados temores.
Promediando este 2020 cabe admitir, al menos parcialmente, la derrota. No hay peor constatación que la que corrobora que, como especie, tenemos miedo a la libertad. Y sin embargo, a ochenta años de la publicación de la célebre obra de Erich Fromm, no hacemos más que darle vueltas en círculos al asunto.

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